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Intolerantes 2.0. Misóginos, racistas, antisemitas y nacionalistas ejecutan ataques ideológicos contra todo aquel que piense distinto a ellos.

Por Marcela Mazzei



El debate sobre el acoso en Internet rebota contra la libertad de expresión, la discriminación, las ansias de popularidad como valor excluyente, las responsabilidades y el sentido común. Se enciende con cada caso, se cobra víctimas, sigue pendiente. Uno de los campos más sembrados es el de la misoginia donde se cosecha el insulto online sexista y se transforma en una colectora de agravios. Las escritoras Selva Almada y Pola Oloixarac, entre otras, sufrieron esas agresiones en blogs, al igual que la embajadora argentina en Estados Unidos, Cecilia Nahón: provocaciones que apuntan al suelo de la razón. No es una cuestión de susceptibilidad.

Los expertos coinciden en que, en tanto globales, las redes y medios de Internet amplifican el humor social de una manera singular en cada sociedad. En la Argentina, la gimnasia del debate político, la cuestión inmigrante y la tradición nacionalista, junto a la misoginia y el crecimiento de la cantidad de usuarios en el país pone en muchos tecleadores una herramienta que algunos no usan con responsabilidad. “El mismo fenómeno de discriminación que aparece en el mundo offline se refleja en Internet, exacerbado por el anonimato y la viralización”, explica Claudio Epelman, director ejecutivo del Congreso Judío Latinoamericano. Hace cinco años, junto a la DAIA y la AMIA, el organismo lanzó el Observatorio Web, un proyecto que trabaja para mitigar la discriminación online junto con colectividades de bolivianos, paraguayos, peruanos, chinos y la comunidad homosexual.

“El 29 de abril de 2014, por ejemplo, encontramos un comentario por demás discriminatorio publicado en una nota de un medio argentino importante, me atrevería a decir que es un llamado a la violencia” (ver página 9), explica Ariel Seidler, director del Observatorio Web. “Lo que me resulta más grave es la cantidad de gente que puso ‘Me gusta’ (ese día 141, hoy tiene 145). Es el comentario mejor valorado de la nota. La plataforma le da el estatus de ‘mejor comentarista’ y pareciera poseer un perfil verdadero”.

Además de un trabajo de rastrillaje de las tendencias, el Observatorio Web realiza campañas que promueven la denuncia de particulares y convenios con diversas empresas tecnológicas, desde las de hosting hasta los buscadores y las de software, para que desarrollen estadísticas y políticas claras de qué se puede publicar, comentar y qué no, para después observar su cumplimiento. Junto a Taringa!, plataforma muy importante en cantidad de usuarios, se ejecutó la campaña de banners “Palabras que pesan”, donde ponen énfasis en el uso del lenguaje de los usuarios de Internet.

“En las redes sociales no debería aplicarse una norma distinta a lo que ocurre fuera de ellas”, opina Martín Becerra, profesor e investigador especialista en medios de la UNQ, UBA y el Conicet. Y explicita dos perspectivas para abordar el tema: la punitiva, que inspiró algunas regulaciones sobre temas relacionados al bullying; y la que impulsa que no haya censura previa. “En todo caso, como existen leyes para la discriminación de cualquier tipo, creo que lo más adecuado es que se apliquen, que se demuestre que incitó al racismo, por ejemplo”.

La agresión atraviesa todos los medios. Está en los debates encendidos en los comentarios de blogs político-literarios, los grupos de Facebook teñidos de odio y los infiltrados en grupos de Facebook (como los que militan a favor de la lactancia materna, denunciados por pornografía), hasta los diarios nacionales donde usuarios registrados ejercen su derecho a opinar en los comentarios. Y aparece en un espectro repleto de matices que va desde la chicana al libelo y del prejuicio subyacente a los agravios absolutamente discriminatorios. La oportunidad de comentar las notas en los diarios –observa Epelman– genera reacciones espontáneas que siguen determinado patrón: en las notas sobre Medio Oriente, palabras antisemitas y nazis; en notas de fútbol, expresiones contra los bolivianos.

A propósito del Mundial de fútbol, Unicef Argentina reclutó junto al Inadi a un grupo de periodistas deportivos para conversar sobre la cobertura de la Copa Mundial de Fútbol Brasil 2014 sin racismo, sin discriminación, sin estereotipos y sin apología de la explotación sexual. En respuesta a una tendencia creciente: las redes sociales volvieron a hacer de ver televisión una experiencia colectiva y, según una encuesta de Nielsen e Ibope, el 60% de los televidentes están conectados a Internet mientras ven televisión y un 30% comenta en vivo lo que ve en pantalla.

“Los comentarios de los lectores son una oportunidad para los diarios –sostiene Becerra–, pero en ausencia de moderación puede producir resultados de cualquier tipo”. A diferencia de la correlación entre la vida offline y lo que pasa en la web, ve mucha sobreactuación. “Hay usuarios que son evidentemente falsos o que están adoptando una identidad que no es la suya, pagos probablemente”. Las usinas de activismo partidario de todos los colores (de una de ellas se sospecha salió la @DoctoraPignata) comparten tribuna con el malintencionado enceguecido por la ilusión de anonimato e incluso algunos “intelectuales” que buscan el impacto, la polémica, para vender algunos libros o posicionarse en tiempo récord.

“Confluyen varias cuestiones, desde un clima de polarización o crispación a la degradación de los espacios de discusión y la lógica instantánea de las comunicaciones virtuales, que generan una agresión tanto más dura cuanto más superficial es, porque enseguida se prenden todos”, analiza Federico Lorenz, historiador y autor de libros sobre Malvinas. Varios blogs de ideología nacionalista suelen cuestionarlo, pero no lo entiende como una agresión personal. “A mí me gusta la idea del combate intelectual, pero combatís ideas, cuando te metés con el emisor es deprimente, porque todos construimos el clima cultural”, afirma. Por su parte, la escritora Pola Oloixarac se distancia de estos teatros de operacionies y asegura; “prefiero escoger mis batallas; los comentarios por default no generan una discusión interesante con los lectores, sólo dan la sensación (es decir, fomentan la apariencia) de una falsa plataforma democrática. Y falsas democracias, sobran”.

La experiencia de Natasha Niebieskikwiat, periodista de Clarín y también especialista en Malvinas, es bien distinta. Cuando escribe en el diario sobre temas que implican causas nacionales recibe todo tipo de agresiones virtuales. Por caso, su intervención en la conferencia de prensa posterior a la última reunión bilateral entre la Argentina y Chile provocó una oleada de comentarios en su cuenta de Facebook (“Cipaya de LAN –le dijeron–. ¡Andate a vivir a Chile!”), e insultos en Twitter que avanzaban sobre su condición femenina y su vida personal: “Con quién te estarás acostando para escribir tantas mierdas”. Ese día su cuenta pasó de 2.000 a 5.000 seguidores, a muchos de los cuales tuvo que bloquear. “Me conecto con el lado positivo de las redes –explica– porque las uso para trabajar, pero se hace más fácil para las agresiones y los insultos. Es cuestión de bloquear y no mirar”. El límite a veces lo pone la Justicia. Junto a las campañas proactivas y las denuncias para mitigar la discriminación online, desde el Observatorio Web también ejecutaron una acción judicial contra Google. “Estamos a favor de cualquier cosa que tenga que ver con el alcance de la libertad de expresión hasta donde la ley determina que se terminó”, dice, tajante, Claudio Epelman. “Hicimos el reclamo judicial y una medida respondió a nuestro favor con el pedido a Google de desindexar algunos sitios y eliminar algunas búsquedas sugeridas”. Se aplicó la Ley Anti Discriminatoria.

“La salida no está en ensayar para Internet una regulación distinta de la que existe por fuera de Internet”, plantea Becerra, que encuentra a la ley de Grooming (acción de un adulto con el objetivo de ganarse la amistad de un menor con fines sexuales) aprobada en 2013, redundante con la que protege a los menores del acoso de mayores. “Es peligroso, porque agregarle un nuevo tipo penal al Código Penal vigente le da un margen muy alto de discrecionalidad al juez en la interpretación de la intención del que supuestamente acosa”.

El debate es medular e involucra las libertades básicas y la circulación de contenidos de la cultura masiva. Se activa cada vez que alguien empuña esta herramienta con la intención de hacer daño. Los especialistas coinciden que para las redes sociales la opción es bloquear, denunciar; y también está la Justicia. Respecto de los medios, que un equipo de moderadores podría convertir sus redes sociales y foros de comentaristas en una herramienta para conocer a los lectores, en un espacio libre de insultos sexistas, xenofobia y provocaciones que degradan y nada aportan a la conversación.

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Replicas-garrote-digital_0_1160883942.html
   

 

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