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SADISMO DIGITAL O EL PERVERSO PLACER DE CAUSAR DAÑO A OTROS
Un análisis de algunos casos populares de bullying y la visión de la autora.
Las redes sociales son un espacio donde, amparados por un supuesto anonimato, los acosadores y trolls se sienten más libres para expresar agravios e insultos (Istock)
Acoso, ataques, insultos y un mar de ironías que esconden desdén, enojo y frustración. Así se manifiestan los odiadores seriales que viven y se reproducen en la web. Conforman este creciente grupo los trolls, haters y stalkers. Son aquellos que se expresan a través de agravios, amenazas y bullying en todas las formas posibles.

Algunos lo utilizan como una estrategia para obtener un efímero estrellato 2.0 que a incluso puede resultarles rentable. Ése puede ser el caso de Milo Yiannopoulos, un tuitero que ganó seguidores a costa de sus discursos de odio. Su ya enorme popularidad tuvo un pico de fama cuando el año pasado se viralizaron sus críticas a Leslie Jones, una de las actrices de la película Cazafantasmas. El revuelo fue tal que, en esa oportunidad, su cuenta de Twitter fue suspendida.

Éste es apenas un ejemplo. Lo cierto es que hay miles de usuarios que, con mayor o menor éxito, viralizan sus agresiones por las redes sociales o los comentarios en las notas periodísticas. Cualquiera puede ser blanco de ataque, en particular los emprendedores exitosos o las celebridades.

Gloria Carrá difundió los mensajes de odio que recibe en su Instagram cuando comparte selfies. "Collage de maldad e ignorancia", escribió junto con las imágenes de cuatro perfiles de la red social. "Éstas son algunas de las mujeres que cuando posteo alguna foto se ensañan en hablar de anorexia, vejez y fealdad", publicó.

Taylor Swift les dedicó un tema a este tipo de personajes que florecen en el universo digital. Se trata de la canción Shake it off. Allí se repite una y otra vez una frase que resume en pocas palabras la esencia de los haters: "los odiadores van a odiar".


Las motivaciones

Más allá de que para algunos puede ser una estrategia para ganar popularidad o incluso construir una carrera, lo cierto es que en ese accionar se esconde una frustración, un deseo de pertenecer no consumado. Al menos así lo explicó el filósofo Søren Kierkegaard.

En un extracto de su diario personal, de 1847, el célebre pensador danés habla del bullying. Claro que en ese momento no se producía en formato digital, sino en otro plano, pero quizás las motivaciones no disten demasiado de aquellas que vislumbró Kierkegaard y que deja en evidencia en el siguiente texto reproducido por el sitio BrainPickings:

"Hay una forma de envidia, que he visto con frecuencia, en la cual un individuo intenta obtener algo por medio del bullying. Si, por ejemplo, ingreso a un lugar donde hay mucha gente reunida, suele suceder que alguno que otro me ataque por medio de la burla, como si fuese una manifestación de la opinión pública. Pero si luego le hago un comentario casual, esa misma persona se vuelve completamente servicial. Esencialmente deja en evidencia que me considera un ser importante, incluso más importante de lo que soy: pero si no puede ser parte de mi grandeza, entonces al menos se reirá de mí. Pero ni bien pasa a ser, de algún modo, partícipe, entonces hace alarde de mi grandeza".

La filosofía le ha dedicado varios capítulos al resentimiento. Para Friedrich Nietzsche es el resultado de la negación de la originalidad del ser. La consecuencia de vivir bajo valores que fueron impuestos. Todos los valores son impuestos, podría argumentarse, pero el verdadero problema es cuando esa imposición carece de una validación personal. Ahí solo se produce sometimiento. Una consecuencia de reprimir la identidad es agredir a otros a los que se considera más libres y plenos.

"No se odia al que se menosprecia. No se odia más que al igual o al superior", dijo el pensador alemán, en sintonía con el análisis de Kierkegaard.


El odio en la era digital

El resentimiento y el perverso placer de generar daño no es nuevo. Sin embargo en la época digital estas formas de agresión se manifiestan con mayor frecuencia. "Internet y las redes sociales se han convertido en un escenario privilegiado donde las personas con serios trastornos de personalidad y perversiones se esconden en el anonimato y cambio de identidad para actuar con total impunidad y dar rienda suelta a insultos y amenazas, así como para hacer público lo íntimo e inventar calumnias", explica Mónica Cruppi, psicóloga de Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y autora del libro Vivir en la posmodernidad, en diálogo con Infobae.

"Los haters y los trolls usan la burla e ironía para hablar de todo y de todos. Con su actuar influencian sobre esas personas o productos que critican, son masivos y se viralizan. Son personas narcisistas donde no existe ningún otro como semejante sino un otro cosificado, que es visto para ser usado", analiza Cruppi.

Para la experta, este florecimiento de trolls y odiadores está estrechamente vinculado con "una ruptura del lazo social que genera frustración y aislamiento. Lo vivido en forma pasiva deviene en agresión activa y finaliza con el consumo del otro" concluye.

Otro punto a destacar es el efecto multiplicador. Cuando se utilizan plataformas web, cualquier crítica se viraliza con facilidad. "No es sólo una víctima y un victimario sino que la violencia se difunde". Por otra parte, más allá de los diferentes mecanismos que ofrecen las redes sociales para denunciar contenido inapropiado, lo cierto es que no siempre hay consecuencias legales, lo cual favorece aún más la expresión desmedida de agravios y amenazas.

Por otra parte, es bastante sencillo esconderse en el anonimato. No siempre se puede rastrear a los hostigadores y aún cuando se logre hacerlo no quedan claro los límites: siempre podrán ampararse en la libertad de expresión o decir que solo se trata de una broma inocente. Algunos incluso dirán que no debería sancionarse de ningún modo lo sólo constituye la libre expresión de ideas.

¿Cuál es el punto de inflexión? ¿Cuándo un comentario es apenas "una burla inocente" o el comienzo de un hostigamiento que puede generar depresión al punto de que la víctima se suicide? ¿Y cuándo corresponde considerar una amenaza como algo real? ¿O acaso un aviso de un atentado o un asesinato se debería considerar también una broma o "la expresión libre de una idea"?

Es un tema donde los límites son difusos. Esto merece un análisis detenido, así como la formulación de nuevas leyes. La legislación y la educación serán las herramientas para generar los cambios que requiere la sociedad actual donde la vida digital se ha vuelto más real que "la real". Basta con ponerse a pensar las horas diarias que transcurren en el ancho cielo digital.



http://www.infobae.com/opinion/2017/09/24/sadismo-digital-o-el-perverso-placer-de-causar-dano-a-otro
   

 

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